Cuando dejamos de mirar

Cada mañana me detenía en el mismo semáforo camino al trabajo. A esa hora, cuando los primeros rayos del sol aparecían, él ya estaba ahí.

Apenas frenaba el auto, el niño se acercaba con su canasta de golosinas. No tendría más de siete u ocho años. La cara sucia, los pies descalzos, la ropa gastada. En sus ojos habitaba una tristeza profunda, aunque a veces asomaba una mueca que intentaba parecer sonrisa.

Extendía los brazos y ofrecía su mercancía sin decir mucho. Yo buscaba unas monedas casi por reflejo. Se las daba rápido, como si ese gesto alcanzara para tranquilizar algo dentro de mí. Las monedas caían en la canasta y, cuando el auto avanzaba, él seguía ahí, igual que el día anterior.

Pensaba en mis hijos. En sus mochilas listas, en las manos que los abrigan al salir, en la certeza —tan natural— de que alguien los espera. Y entonces, sin poder evitarlo, lo miraba a él desde ese otro lado de la vida, preguntándome quién lo nombra, quién lo cuida, quién lo espera.

Con el paso de los días empecé a notar que no era un caso aislado. No era que de pronto aparecieron, era mi mirada la que apenas despertaba. Distintos rostros, el mismo gesto: manos extendidas, cuerpos pequeños aprendiendo a moverse entre autos, a insistir sin molestar demasiado, a desaparecer cuando la luz cambia.

Hay algo inquietante en la costumbre. Uno aprende a frenar, a dar unas monedas, a seguir. Aprende a no demorarse, a no mirar de más. Y sin darse cuenta, empieza a aceptar como parte del paisaje aquello que, en otro contexto, sería imposible de ignorar.

Una mañana tardó en llegar a mi ventana. Venía corriendo entre los coches. Cuando finalmente se acercó, no ofreció nada. Se quedó quieto, respirando agitado, como si por un instante hubiera olvidado su papel. Levantó la vista y nuestros ojos se encontraron apenas un segundo. Sonreí.

El semáforo cambió.

Arranqué.

En el espejo retrovisor lo vi quedarse atrás, retomando su lugar entre los autos, levantando otra vez la canasta.

Y pensé —ya sin poder evitarlo— que tal vez el problema no sea sólo que estos niños estén ahí, sino que nosotros hayamos aprendido a seguir de largo.

A acostumbrarnos.

A no ver.

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© Este texto fue publicado el 27 de abril del 2026. Todos los derechos reservados.