— ¿Y si tenemos un hijo? – preguntó Laura.
La frase lo alcanzó antes de poder esquivarla. Juan retiró la mano con un gesto breve, como si hubiera tocado algo que quema. Otra vez, no. Sus hombros se tensaron. Esquivó su mirada. Se levantó de su silla. Esta raspó el piso. El límite quedó claro otra vez, sin matices. Caminó hacia la puerta con pasos contenidos. Se detuvo allí, de espaldas. Detrás, la mesa seguía intacta: los platos sin tocar. El tenedor temblaba en la mano de Laura.
El reclamo, acumulado durante días y noches, lleno de intentos truncos. En la cena de aniversario, su mirada perdida en otro lugar. Su huida en la playa, justo cuando el tema emergía. La vidriera de ropa de bebé, la mano soltada sin explicación. Momentos que ahora se alineaban.
Juan no giró. Fijó la vista en la pared como si allí hubiera algo que pudiera sostenerlo. Laura avanzó unos pasos.
Serías un buen padre – murmuró Laura.
Una mueca apareció en el rostro de Juan. Laura no alcanzó a distinguir su significado.
— Eso decían del mío… – respondió apenas Juan.
— Me dijo que ojalá no existiera…
Juan apoyó la frente contra la puerta. Intentó seguir hablando, pero la voz se le quebró. El golpe rítmico de su mano contra la madera empezó a repetirse, irregular. Las llaves vibraron en la cerradura, chocando contra el metal con un sonido seco.
Laura se acercó despacio. Se detuvo a su espalda, lo suficientemente cerca como para sentir la tensión, pero sin tocarlo todavía. Había en ese espacio una fragilidad nueva, distinta a la de antes.
Ella dio un paso más.
— Tú no eres él – dijo.
Laura alzó la mano y la apoyó con cuidado sobre su espalda. Esta vez, él no se apartó.
El silencio regresó, pero transformado.
Afuera, la lluvia comenzó a ceder.
© Este texto fue publicado el 2 de mayo del 2026. Todos los derechos reservados.